viernes 7 de agosto de 2009

nosotros

...y de pronto un día ya solo vimos una solución. Pasar la frontera que tanto temíamos. No nos quedaba claro qué podría haber al otro lado. Ni siquiera dónde se había establecido la lína después del último armisticio. Habíamos trabajado mucho a cambio de casi nada, sacrificando los días de sol y las noches de luna en el altar de un futuro que nunca se acercaba. Y creímos que quizá, de aquel otro lado la desesperación tendría las uñas menos afiladas. Pero siempre fuimos conscientes de que podría ser peor.

Tampoco importaban nuestras filosofías mezquinas ni nuestras ensoñaciones mercantilistas. Lo que arriesgábamos era solo el surco seco de unas lágrimas, el insomnio crónico de un abejorro febril. Naderías. Si era nuestro sino lo sería aquí y allí. Y lo bueno era que conservábamos esa sal de la rebeldía, ese no conformarnos. Y que cuando nos miraron a los ojos en la garita de la línea de alambre de espino del armisticio temieron la rabia que centelleaba en nuestras pupilas y bajaron la cabeza y no hicieron preguntas.

Fue nuestra primera victoria en la vida, tan humilde, tan insignificante...

martes 21 de julio de 2009

tú, diez años después.

Facebook es un invento diabólico. Si le sumas al diablo que lo inventó la ansiedad de Julio, el aburrimiento de Julio, la sensación de inflexión vital de Julio... cualquier cosa es posible. Siempre intuí que tendrías perfil en ese invento del diablo, porque tú eres muy de esas cosas. Pero también sabía que tu nombre vulgar, tu apellido vulgar me harían difícil encontrate. Y no te busqué, por eso o porque no quería encontrarte. Pero ayer, Julio y el diablo me obligaron. No fue fácil. Sabía que no podía poner tu nombre, tu apellido y encontrate entre trescientos, me fui acercando sibilinamente, buscando gente a la que tendrías agregada, gente con nombres y apellidos menos habituales. Y me sorprendió que no tuvieras ya relación con alguno de ellos. Llegué a pensar en la posibilidad de que no tuvieras perfil, pero deseché la idea de inmediato. Insistí. Al final llegué por donde menos esperaba. Tu cara. Gafas de sol. Entradas. Se te han caído los pómulos en estos diez años. Pero envejeces mejor que yo. Y ya está. Tampoco me importa tu vida. Pero me hace preguntarme qué pensarías de la mía.

miércoles 8 de julio de 2009

de montañas.

A veces uno cree que ha saltado todas las piedras grandes del camino, que ha sorteado las trampas, que ha sido capaz de olvidarse a ratos de los obstáculos y mirar el emocionante paisaje. Y entonces aparece, amenazadora, esa montaña que mirabas a veces de reojo sin querer reconocer que estaba allí. Ya no quedan atajos. Hay que encararla. Miras un momento al suelo, te tiemblan las rodillas ante el reto. Pero has aprendido tanto en el camino, qué es una montaña, cuál es su fuerza no la pueda; y sobre todo qué paísaje sobrecojedor habrá tras ella. Está decidido, en breve comienzo la escalada.

jueves 14 de mayo de 2009

dios

Podrías haber hecho tambalearse a un imperio con el parpadeo de tus ojos pero no podías apartar de ti esa tristeza que te llenaba de tierra los ojos. Cómo saber dónde nació todo el dolor de tus labios, quién te sembró de estiércol la sonrisa, desde qué lugar llegaron a tus sienes los latidos de angustia que colonizan tu cerebro en riadas imparables. Podrías hacer así con una de tus manos, hacer un gesto leve, casi imperceptible, y al instante un ejército de abejas se aprestaría a cumplir tus deseos, pero tus manos están presas del terror que rige tus movimientos y tú no eres dueño de ninguno de tus miembros.

Es inútil preguntarte, interpretar tus leves movimientos por si hubiera en ellos una respuesta o un grito. Nada de lo que pudieras hacer o decir está destinado a mí, a nadie.

Qué honor tan irreverente tu poderío, qué alto, qué innombrable, qué difícil de alcanzar y sostener. Qué solitaria la cumbre, qué fría en la nevada y qué asfixiante en la solana, qué inabarcable su vista, qué vasta, qué falta de detalles y qué irreal.

Podrías haber pedido la felicidad eterna para ti y un enjambre de esclavos habrían sacrificado la suya en tu altar, podrías haber preguntado dónde están las fuentes de la alegría y todos los pájaros del mundo habrían suspendido sus trinos para buscarlas, podrías haber ambicionado una dulce ensoñación anestesiante que te librara del peso de tu poder y todas las vírgenes del universo habrían velado hasta la muerte para que tus párpados acariciaran la dulzura de su ensueño. Pero te fue imposible conseguir lo que querías sin que tu poder pisoteara las flores, sin que arrasara los sembrados de la felicidad hasta volverse injusto y aborrecible.

A veces te encorvas hasta casi besar tus rodillas, como un signo de interrogación, para poder preguntarte con mayor comodidad y arreglo a la gramática, por qué tu dominio es tan inmenso, por qué tu soledad tan yerma, por qué tu impotencia tan poderosa y tu poder tan impotente.

Cualquiera de nosotros sería capaz de darte consejos, de decirte aquello se hizo mal, esto otro ha de corregirse, más allá hay algún error que te sería fácil subsanar. Cualquiera de nosotros podría si no fuera porque una de tus miradas encierra poder suficiente como para abrasar nuestro cuerpo, porque el hálito que expeles al hablar podría levantarnos del suelo y arrojarnos al océano y porque tus palabras se cumplirían antes incluso de ser pronunciadas y tu poder nos borraría de la existencia por osar, inútiles y abyectos como somos, dirigirnos a ti.

Tú que debías escucharnos, tú que tenías el deber de poner orden en nuestro mundo, apenas puedes poner orden en tu casa, preso como estás de este miedo que te paraliza. Y no es que se equivocaran al designarte, eras el preciso, el adecuado, el más bello y más justo entre los bellos y los justos, pero te invistieron de un poder tan absoluto...

Uno de tus suspiros provoca huracanes, sequías interminables, hambrunas. Una de tus lágrimas desborda los ríos de sus cauces, provoca olas de cien metros en el mar.
Si te levantaras de pronto y decidieras desarraigar todos los males del mundo te bastaría una palabra para hacerlo pero quién sabe qué desastre sembrarías de paso, qué impredecible cambio dejaría atrás el caos de tu manto si movieras uno solo de sus pliegues. Podrías no ser infinitamente misericordioso, podrías no sufrir por cada uno de los sufrimientos que sembraras, pero entonces tu poder no sería omnímodo, sería un poder vulgar, como el de cualquier reyezuelo.

Y mientras la duda te consume, mientras meditas si debes o no debes actuar, el mundo sigue girando y se ordena como buenamente puede, en medio del albedrío desquiciado de tu inoperancia


Encontré, ordenando el ordenador, este párrafo, parte de un algo mayor que ya no será. Lo escribí hace muchos años. Me resulta curioso, me atrae y me horroriza casi a partes iguales. Y me apeteció exponerlo al frío de fuera para ver cómo reacciona.

martes 21 de abril de 2009

Me veo.

Me veo pasear por las habitaciones y no me reconozco. Quién es este yo tan seguro de sí mismo, tan sobre los miedos que dominaron su vida.

Me veo al otro lado del espejo y no me reconozco. Quién es este yo que aplaza ser él mismo y se deja arrastar por el trabajo durante horas, días, meses, años.

Me veo frente al ordenador y no me reconozco. Quién es este yo que da vueltas sobre su eje sin ser capaz de sacar adelante nada, sin brillo, sin fuerza.

Me veo entre los campos y no me reconozco. Quién es este yo que se para, cierra los ojos, siente el sol, el aire, el silencio, el paisaje y tiene orgasmos de placer cone el mundo de fuera, olvidando el dolor que alguna vez llevó dentro.

Quizá vivir es no reconocerse.

lunes 23 de marzo de 2009

De olvidos

Al ver este fin de semana el comentario de losmundosdeusul, he recordado que nunca posteé el poema de Luis Cernuda cuyo último verso da título a este blog. Es el poema XI del libro donde habite el olvido escrito a principio de la década de los 30 y publicado en 1934.

Siempre me gustó ese poema, tan discursivo y a la vez tan poético, tan cernudiano, en definitiva. Al yo adolescente que lo descubrió por primera vez le conmivió la desesperación del poeta que no era sino mi misma desesperación, pensamientos míos expresados a la perfección con palabras ajenas. Muchos años después volví a encontrarlo y volvió a conmoverme, desde una perspectiva vital y personal completamente distinta. Porque para ser el yo que era había necesitado morir y enterrar esa muerte, olvidar un olvido. Leí el mismo poema pero leí un poema distinto, un canto de rebeldía que lucha por cambiar el mundo, el destino, por enterrar lo malo y abonar con su olvido la tierra que parirá lo bueno, un canto, en definitiva, de futuro.

Ese verso había rondado mi memoria desde que lo leí. El día que decidí abrir un nuevo blog me acordé de él y me gutó como título. Pertenece, además, a un libro titulado con un verso de Becquer de una temática muy parecida a la de éste poema. Me encantó ese juego de espejos, un blog titulado como un verso de un libro titulado como un verso.

XI

No quiero, triste espíritu, volver

por los lugares que cruzó mi llanto,

latir secreto entre los cuerpo vivos

como yo también fui.

No quiero recordar

un instante feliz entre tormentos;

goce o pena, es igual,

todo es triste al volver.

Aún va conmigo como una luz lejana

aquel destino niño,

aquellos dulces ojos juveniles,

aquella antigua herida.

No, no quisiera volver,

sino morir aún más,

arrancar una sombra,

olvidar un olvido.

jueves 12 de febrero de 2009

Julio 25 años de ausencia.

Este blog tiene, a modo de lema, una frase muy sencilla. La parió una voz que se extinguió hace hoy 25 años. Fue en París, un 12 de Febrero de 1984 de repente, al mundo le faltó Julio Cortázar.

Dicen que la maga lo sintió casi tanto como la ausencia de Rocamadour. Y que a Morelli volvieron a atropellarlo. Y que todavía hoy hay procesiones de cronopios buscando un pelo en una cañería por la autopiasta del sur, que lloran su muerte.

Julio se fue, pero nos dejó a Cortázar, universal, eterno, el más europeo de los argentinos y el más argentino de los europeos. El del verbo más preciso y más alucinado, el más alto y el más pequeño de todos, el más tímido y el más valiente. El que nos iluminó el camino con un candil apagado.
 
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